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Uno termina sintiéndose conservador y se calienta mal. Tengo que encarar un soliloquio casi cotidiano diciéndome que el conservador no soy yo, que conservadores son aquellos que quieren volver a un pasado idílico que realmente de idílico no tenía un carajo. Un pasado natural donde lo más natural era vivir incómodo y morir joven.

Hoy en el Facebook, fuente inagotable de absurdos, me encuentro con la imagen que verán a continuación y que ha sido la que ha inspirado la presente monserga.

La conquista del regreso

La miré media docena de veces y una vez más... me sentí conservador. Porque cualquier mujer que cuente con una cierta colección de años encima sabe que la idea de volver a las toallas, los algodones o las copas menstruales sólo para poder reciclar la sangre menstrual y devolverla a la tierra como fertilizante, es un paso atrás en el largo camino de la búsqueda de la comodidad y por ende, de la libertad de la mujer en aras de una ventaja global como mínimo discutible.

En el fondo de la discutible y no probada afirmación de que la sangre es un excelente fertilizante natural, subyacen creencias mágicas y anhelo de regreso a un pasado donde la humanidad vivía en mayor contacto con la naturaleza.

El pensamiento mágico se exhibe en la afirmación que "regresas a la naturaleza un poquito de lo que ella nos da" es manifiestamente mágica.

¿Cómo que por qué? Porque la "naturaleza" no espera devolución ni nos da nada. Lo primero porque sencillamente "naturaleza" es un sustantivo que describe a un conjunto de entes materiales e inmateriales (en el sentido de que carecen de masa) que percibimos ordenados porque nuestro cerebro es una máquina de buscar orden y cuyas relaciones permiten nuestra existencia.pero carece de cualquier tipo de voluntad y por ende nada nos da ni nos pide.
Y tampoco nos da nada. Lo poco o mucho que tenemos solemos arrebatárselo combatiendo muchas veces en desventaja contra ese conjunto Y a cada victoria solemos llamarle "progreso".

Los pensadores mágicos y religiosos consideran que si tenemos frutas, ello se debe a que la naturaleza ha tenido la amabilidad de ofrecérnoslas por pura generosidad. Pero en realidad, no hay generosidad ninguna. Lo que hay es una relación simbiótica entre una planta, ser vivo de mínima movilidad, y un animal, ser vivo altamente móvil que alimentándose de la fruta, da a la planta la posibilidad de propagar su semilla a mayor distancia a través de sus excrementos. A la planta no le interesa alimentarnos, lo que le interesa es que caguemos para poder fabricar un bosque.

Desde el punto de vista de la fertilización, obviamente hay muy superiores métodos de fertilización de la tierra que meterle agua con sangre y si el reino vegetal hubiera dependido de la fertilización a través de las vaginas de las hembras vivìparas para prosperar, seguramente el planeta entero seria un desierto inhabitable desde hace millones de años.

El progreso suele ser liberador aunque a los fanáticos del pensamiento mágico les parezca exactamente lo contrario. Hace poco vi un video de una señora creo que australiana, pariendo su bebé en la corriente de un arroyo e inmediatamente pensé en el absoluto desprecio por la vida de esa mujer cuyo pensamiento seguramente era el contrario. Seguramente ella pensaba que honraba la vida haciéndose filmar en bolas y en cuclillas en medio de la nada. Pero eso no es cierto. Parir en esas condiciones es simplemente, aceptar que si el niño venía con un par de vueltas del cordón alrededor del cuello, era porque la madre naturaleza había decidido que el parto no prosperara, o que si el feto no se había encajado adecuadamente en el canal del parto y nacía víctima de sufrimiento fetal, sería por pura mala suerte. Tomar semejante decisión en un tiempo donde la ciencia puede prever buena parte de las posibles complicaciones de un parto, es negligencia pura y dura. Y sin embargo, millones de pelotudos se maravillaron de semejante pelotudez.

La mujer en ciento cincuenta años ha visto cambios revolucionarios en su vida. El tampón, ese implemento que los tipos miramos con recelo como si fuera un competidor con piolita, la liberó de una condición indeseable, la de sentirse expuesta e insegura. Y aunque parezca un tanto idiota la afirmación, abrió camino a que pudiera igualar al hombre todos los días del mes. Si no me creés, preguntale a tu abuela todo lo que no podía hacer mientras menstruaba: no se podía bañar, lavar la cabeza, andar en bicicleta, ir a la playa, tomar jugo de limón, hacer mayonesa... ¿estúpido? Sí, como muchos mitos. Y el control del flujo menstrual a través del tampón y su regulación mediante la píldora, la liberó de buena parte de esas guarangadas.

¿Y qué hacía tu abuela cuando no existían los tampones ni las pastillas? Justo lo que quieren estos enfermos, se encajaba trapos, toallas, algodones y cosas por el estilo cuya consecuencia directa fue que la mujer se sintiera inhibida, insegura y diferente.

Buena parte de las innovaciones que me hacen sentir conservador, están destinadas a sectores de la población que se caracterizan por disponer de un enorme tiempo para invertir. Un vegetariano estricto necesita dedicar mucho más tiempo y dinero a su alimentación que una persona que acepta su naturaleza omnívora. Una mujer que utiliza una copa menstrual en lugar de un tampón o un absorbente debe hacer una inversión económica mucho mayor por lo cual la idea de reciclar la sangre termina implicando el retroceso hacia la toalla o el algodón.

Es por eso que me siento conservador. Porque cada vez que aparece una idea loca de estas, una idea que ataca de un plumazo y sin reflexión alguna, décadas de progreso y trabajoso camino hacia mejores condiciones de vida, me encuentro con centenares de idiotas que le dan likes y la festejan como si regresar al pasado fuera la mejor idea del mundo.

Tag(s) : #Tendencias del siglo XXI

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