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Terminada la consulta el profesional solicitó lavarse las manos.
El hombre flaco de expresión austera, le indicó la salida con un brevísimo gesto. Le dejó atravesar primero la puerta del dormitorio y le siguió. Ya fuera, el visitante susurró al dueño de casa:
-No hay nada que hacer. No se lo quise decir a su papá porque sé cuanto la quiere, pero todo es inútil.-
-Comprendo, murmuró el hombre flaco en tanto le indicaba la puerta del baño.
En el dormitorio, el hombre anciano lo había comprendido todo. Se encogía de dolor acariciando con mansedumbre furiosa a su compañera de toda la vida.
Ella se dejaba acariciar y parecía dolerse silenciosa de quien la acompañó durante setenta y ocho años.
Abrazándola, resistiéndose a dejarla partir, velaba a su vieja radio capilla, que ahora, quemada una válvula inconseguible, apagaba los ecos de su reír sonoro.
“Y es cruel este silencio que me hace tanto mal” murmuro el anciano con amargura, en tanto los pasos del técnico parecían sollozar en la escalera.

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