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La última década ha sido testigo del protagonismo que la causa animalista o anti especista ha adquirido en el marco de la sociedad occidental.

En buena hora, estamos cambiando hábitos de ancestral antigüedad que nos permitían matar y provocar sufrimiento en vano a las demás especies animales, muchas de ellas absolutamente indefensas, haciéndolo sin otra razón que el placer o la costumbre.

Cuando yo era niño, la honda, gomera o resortera, como quieras llamarle, era un accesorio habitual en el bolsillo trasero de cualquier varón. La podías ver incluso en las tiras cómicas del Daniel el Travieso, quien jamás se desprendía de ella.

Matar pajaritos o gatos ajenos, depanzurrar caracoles, quemar hormigas utilizando la luz solar a través de una lupa era una actividad habitual de cualquier niño. No nos cuestionábamos si estábamos provocando sufrimiento inútil.

En el fondo de nuestras casas, morían cerdos y pavos. La caza era el leitmotiv de la Semana de Turismo, llamada "Santa" fuera del Uruguay, cuando barras de amigos se armaban de escopetas y vino tinto para abrir fuego durante seis días y medio contra cualquier cosa que se moviera, incluso eventualmente, algún compañero que regresaba de exonerar el intestino tras unos yuyos.

El uso de pieles era mandato para cualquier mujer que pudiera adquirirlas y el centro estaba lleno de peleterías. El gorro de piel de mapache de Daniel Boone era solicitado escrupulosamente cada seis de enero por todos los varones del mundo occidental.

Todo eso ha cambiado o está en vías de cambiar. Y está bien que cambie. Se ha producido un salto civilizador mediante el cual hemos comenzado a comprender que las demás especies animales tienen derecho a la vida y que el placer de matar es pasible de ser cambiado culturalmente si es que ese placer realmente existió alguna vez. No estoy en condiciones de discernir si los seres humanos heredamos algo del instinto de caza de algún predecesor lejano o el fenómeno es simplemente cultural aunque me inclino a lo primero.

En medio de este cambio en la sensibilidad occidental, surge el término especismo. El especismo análogamente al racismo o al machismo, considera éticamente despreciable la actitud de considerar a la especie humana como superior a las demás especies. El anti especismo niega que una especie tenga derecho a utilizar a otra para su provecho. Esta conducta limita los actos con respecto a los seres sintentes en todos los sentidos cuando se entienda que existe explotación de otra especie por parte de los seres humanos.

Y es aquí donde entiendo que se equivoca.

El veganismo es la expresión más común del antiespecismo que podemos encontrar en los ámbitos habituales en los que nos desenvolvemos. A diferencia del vegetarianismo, dietética su base, sino ética y esta defiende la igualdad absoluta entre las especies sintentes. Es importante aclarar esto, ya que el veganismo no es una dieta. Con fines publicitarios se difunden ocasionalmente ventajas que podría tener la dieta vegana para la salud humana, pero en todo caso, estos a mi juicio discutibles beneficios, son efectos colaterales y no un objetivo en si mismo.


Podríamos afirmar que sin duda la ingesta de carne ha sido definitiva para la evolución de nuestro cerebro en el correr de los milenios. Fue a partir de ese cambio en nuestros hábitos alimentarios y de las consiguientes adaptaciones que sufrió el organismo de nuestros antepasados lejanos, que comenzamos un ciclo retroalimentado que nos llevó al actual volumen de nuestro cerebro, a la postura erguida y a dominar el planeta a partir de ese cerebro que la dieta omnívora nos permitió desarrollar. Los veganos inteligentes no tienen inconveniente en aceptar esto. Sólo que ellos afirman que hoy en día están dadas las condiciones para que se pueda modificar esta conducta en función de una decisión consciente y substituir las posibles carencias, con complementos basados en las posibilidades tecnológicas que hoy día tenemos, transgénesis incluida.


Pero negar nuestra necesidad de proteínas animales, es un poco como negar la evolución entera. Y muchísimos veganos la niegan rotundamente.

Es verdad que, ante el tribunal de la evolución, todas las especies somos iguales. La evolución no tiene un fin, y al no tenerlo, poco le interesa si es que algo pudiera interesarle, que una especie saque ventaja sobre otra. Todos somos igual de importantes. Todos igualmente prescindibles.

En el principio eran los genes:


Un gen es un conjunto de instrucciones para fabricar una proteína (aunque no todos los genes se expresan en proteínas)


Los genes están ubicados en una larga molécula de ADN y esa molécula tiene la capacidad de hacer copias de si misma por pura afinidad química entre sus componentes llamados "bases".


Las primeras moléculas capaces de hacer copias de si mismas, a las que llamaremos sencillamente “replicadores” obviando de momento una definición más precisa, seguramente vagaban sueltas por un mundo líquido lleno de compuestos químicos complejos. Cuando una molécula capaz de duplicarse encontraba elementos afines, simplemente los tomaba y con ellos hacía una copia de si misma.


Hasta que los elementos libres comenzaron a escasear y comenzó la competencia. Ahí los replicadores tuvieron que ingeniárselas para lograr no convertirse en presas de otros colegas ávidos de hacer copias de si mismos. Para ello fueron desarrollando en torno de si mismas mecanismos de protección. Los primeros debieron ser sencillos, apenas una membrana o tal vez algo que ni siquiera pudiera categorizarse como membrana.


Pero el tiempo y la selección natural fueron perfeccionando cada vez más ese envoltorio protector. Los replicadores lograron protegerse cada vez más y terminaron constituyéndose en células. Células donde al principio, esos replicadores vagaban sueltos en el protoplasma, recibiendo energía y alimento a través de la membrana y protegidos por ella del medio ambiente.

En algún punto de este proceso, los organismos por primera vez establecieron una relación simbiótica. Dentro de la intimidad de la célula, un organismo dotado de sus propios replicadores, se integró a la maquinaria celular: las mitocondrias. Los replicadores de la célula se sirven de estas para obtener energía en tanto que los replicadores mitocondriales, obtienen la protección de la membrana celular del huésped. Es posible que antes de las mitocondrias, otros organismos hayan ingresado al interior de la célula y terminaron siendo fagocitados sirviendo de alimento. Sólo el mecanismo que funcionó, llegó hasta nuestros días.


A la larga, esas células se agruparon, se especializaron, conformaron tejidos, órganos y en definitiva, cuerpos.


Pero en el fondo, esos cuerpos siguieron siendo lo que eran al principio: el refugio que construyeron las moléculas replicadoras en base a ladrillos de proteínas.

Los cuerpos vegetales o animales, comenzaron a desarrollar órganos a través de los cuales interactuar con el mundo. Los replicadores sueltos, no necesitaban más que afinidad química para obtener lo que necesitaban para replicarse, pero ahora, encerrados dentro del núcleo de una célula que integra un tejido de un cuerpo, hubo que especializar tejidos a los efectos de percibir el medio ambiente, detectar los peligros, orientarse hacia la luz, buscar el agua, capturar presas.


Y esos órganos ahora especializados, necesitaron un sistema centralizado de comando. Algo que hasta ese momento no había sido necesario ya que en los primitivos organismos pluricelulares, posiblemente cada célula sabía lo que tenía qué hacer porque sus genes eran el código de instrucciones (de hecho así más o menos funcionan durante el desarrollo embrionario). El desarrollo de los sentidos necesitó, a la vez, un subsistema que recibiera los datos, los interpretara y decidiera por el mecanismo que fuere, qué hacer con ellos.


Los organismos que centralizaban ciertas actividades de uso cotidiano y que respondían a cambios rápidos en el ambiente, prevalecieron sobre aquellas que no tenían esa capacidad. Había nacido el sistema nervioso y con él, una especie de mando único. El conjunto de células protectoras estaba adquiriendo individualidad.


Los genes que aprendieron a delegar, prosperaron, pero el precio de esa prosperidad fue la pérdida de la libertad. Para seguir replicándose algunas veces tenían que aceptar que el cuerpo que habían constituido, tomara decisiones sin consultarlos y ocasionalmente, contrarias a su original designio químico.


Y cuanto más desarrollados fueran los cerebros, mayor la cantidad de las decisiones tomadas con independencia de los genes. Las pequeñas moléculas perdían alguna batalla y sin embargo seguían ganando la guerra.

Es así que nosotros, los dueños del cerebro más potente que ha aparecido hasta ahora sobre el planeta, decidimos por ejemplo conservar la vida, cuando el genoma tiene intereses muy distintos. O decidimos subalimentarnos prescindiendo de las esenciales proteínas de la carne, cuando el genoma había decidido hace millones de años que hiciéramos lo contrario. O intentamos controlar la natalidad o nos hacemos célibes por voluntad propia.


Pero por más que pretendamos engañarnos, en el fondo nuestros genes siguen teniendo la conducción. Nos seguimos muriendo, siguen perdurando enfermedades de carácter genético que afectan a los seres vivos sólo más allá de su edad reproductiva, seguimos siendo ferozmente competitivos como especie aún a costa de la destrucción de otras que nos son de vital importancia, y muchas veces en medio del placer sexual, olvidamos el preservativo, etc.


¿Qué es lo que pretenden los malditos genes que parecen gobernarnos en muchos sentidos? Es sencillo, no pretenden otra cosa que pasar a la siguiente generación.

Esta capacidad de pasar a la siguiente generación se conoce como "éxito reproductivo" y es el motor de lo que conocemos como vida.


Todo lo que hacemos desde la concepción hasta la muerte se explica en función del éxito reproductivo. Es posible que muramos para dejar de ser la competencia de otros individuos que comparten el cincuenta por ciento de nuestros genes a los que llamamos "hijos". Después de que el cuerpo pasa la edad reproductiva, el genoma se desinteresa de él y lo deja morir. En término de recursos, prolongar la vida de los padres resta recursos a la descendencia y al genoma le interesa la descendencia. El gen es prácticamente inmortal ya que cuando se duplica, lo hace en un sentido integral que a nosotros como individuos nos resulta prácticamente inconcebible.

Si usted o yo pudiéramos transferirnos a un cuerpo nuevo y joven en forma completa, con toda nuestra conciencia intacta, nuestros sentimientos y nuestros recuerdos, ni a usted ni a mi nos importaría abandonar el cuerpo viejo y donarlo a la Facultad de Medicina. ¿Verdad? Bueno, eso es lo que pasa con el gen. Nos abandona por un cuerpo nuevo sin perder nada por el camino. Y cuantas más copias pueda hacernos dejar en este mundo, más éxito reproductivo habrá tenido y más posibilidades de mantenerse en el planeta tendrá. En esos términos funciona la vida.

Durante décadas se consideró que la supervivencia de la especie era el motor de la evolución y en definitiva, de la vida, pero desde hace años, se ha comenzado a interpretar que el verdadero motor es la supervivencia de los genes.

Dawkins ha logrado explicar en base a esto, incluso las conductas altruístas de los individuos, proponiendo que estas conductas son altruístas sólo en la medida justa para que los genes puedan preservarse y saltar a la siguiente generación. Cuanto mayor sea la posibilidad de compartir genes con el organismo destinatario de nuestro altruismo, más altruistas nos mostraremos.

Este cambio en la óptica a través de la cual miramos el universo de la vida, trae como consecuencia lógica, el hecho de que una relación simbiótica no implica necesariamente a los individuos miembros de una especie, sino que también puede considerarse desde el punto de vista de los genes que en el seno de las células del individuo llevan adelante su lucha por pasar a la siguiente generación favorecidos por ocasionales mutaciones e incluso por el aprovechamiento o la influencia en la conducta de las demás especies.

El anti especismo nos enseña la crueldad o el egoismo de algunas de nuestras conductas desde el punto de vista del individuo.

Pero la bioquímica y la genética, nos muestran muchas veces esas mismas conductas como triunfos evolutivos enormes para las especies que son víctimas aparentes de la explotación de otras.

Ciertamente el cerdo individual como organismo, no desea su propia muerte. Tampoco los humanos deseamos nuestra muerte, intentamos postergarla, inventamos tratamientos y medicamentos para tratar de que ese momento ineludible se postergue a como de lugar.

Somos envases descartables.

Una vez que cualquier ser vivo ha pasado su edad reproductiva se vence la garantía y ese es un dato de la realidad tan regular que prácticamente no admite excepciones.

Si el individuo fuera el eje de la evolución, la preservación del individuo sería la prioridad.

No lo es. El individuo es descartable, y se descarta continuamente a lo largo de su vida en una lucha continua destinada a que sobrevivan los mejores. Una vez cumplida su función de garantizar el pasaje de los genes a la siguiente generación, es prescindible, se degrada en la vejez y se termina muriendo. Tiempo y muerte son las herramientas de la evolución. (la cita creo pertenece a Carl Sagan).

El éxito reproductivo es el único sentido de la vida y de la existencia de una especie. Todo lo demás es parte de la escenografía que utilizan los genes.

Desde este punto de vista, todo aquello que colabore al éxito reproductivo es útil y todo aquello que lo entorpezca tenderá desaparecer, a extinguirse, a ser superado.

Las relaciones entre dos especies pueden ser:

Indiferentes en tanto ambas no compitan por los mismos recursos, sean estos territorio, alimento o cobijo.

Competitivas cuando ambas especies necesitan de los mismos recursos.

Parasitarias, cuando una de las especies utiliza a la otra en su propio beneficio sin que la especie parasitada saque de la relación ningún éxito reproductivo.

Simbióticas, caso en el que dos especies sacan provecho mutuo para su éxito reproductivo de la relación.


Cuando el ser humano vivía de la caza y de la pesca, su relación con las otras especies era de carácter parasitario. Matábamos una gacela pero no la criábamos. Los genes de la gacela no obtenían de ello ventaja alguna, por lo menos ventaja directa, ya que podría entenderse que la muerte de una gacela pasada su edad reproductiva, favorecería a los genes de las gacelas en general ya que habría menos individuos para competir por los pastizales. Como especie hemos intentado educarnos en este sentido, por ejemplo evitando la caza o la pesca de ejemplares jóvenes a los efectos de evitar la extinción de la especie que parasitamos.

Los veganos consideran que los humanos vivimos en relación parasitaria con los animales de los que nos servimos hoy día y eso no es cierto desde el punto de vista de los genes del animal. Los animales de los que no servimos, se sirven de nosotros a su vez para lograr un enorme éxito reproductivo que no podrían haber alcanzado de otra manera.

Vivimos en relación simbiótica con esas especies. Con los cerdos, con las vacas, las cabras, las abejas e incluso con las ratas de laboratorio.

Para esos animales, su relación con la humanidad constituye un éxito reproductivo sin precedentes. Eso se manifiesta si censamos la cantidad de animales de los llamados domésticos en comparación con los salvajes. También hemos modificado esas especies para adaptarlas a nuestras necesidades y lo seguimos haciendo hoy día.

Que la relación simbiótica a muchas especies les cueste su propia vida en un matadero, no hace menos veraz mi afirmación. Vivimos con los animales domésticos una relación evolutiva estable que resulta beneficiosa para ambas especies y el éxito reproductivo es el único parámetro natural con el que los beneficios de esta relación se pueden medir. A la naturaleza no le importa la muerte de un individuo en tanto su éxito reproductivo esté garantizado.

A los genes de la vaca les importa bastante poco que la vaca muera. Lo mismo que les importa bastante poco a nuestros genes que nosotros fenezcamos. Siempre y cuando ellos hayan podido pasar a la siguiente generación.

Nosotros aseguramos a los animales de los que nos aprovechamos alimentos, cobijo, atención veterinaria y una vida mucho más segura de la que jamás obtendrían fuera de la simbiosis. De hecho fuera de esta simbiosis algunos animales particularmente lentos, torpes o poco hábiles, se habrían extinguido hace milenios. Considérese por ejemplo, la indefensión de un cordero frente a los predadores.

Genes que han aparecido en el pleistoceno continúan intactos y tan campantes merodeando en el interior de nuestras células haciendo lo posible para que sus copias pasen a la siguiente generación. Ellos son inmortales y como inmortales, se sirven de nosotros los mortales para sobrevivir y nos descartan olímpicamente una vez que lo lograron.

Cuando algunos seres humanos plantean dejar de servirnos de los animales y terminar la simbiosis, sencillamente están exponiendo a la extinción a esas otras especies. Están atentando contra el éxito reproductivo de las mismas en aras de salvar la individualidad. Eso es muy humanitario pero no tiene nada que ver con lo que sucede en forma natural.

Los organismos somos tan funcionales al éxito reproductivo y a la preservación de nuestro genoma, que el sacrificio de una vida individual carece de importancia. La abeja pierde el contenido de su abdomen tras picar en defensa de la comunidad genética. El zángano pierde la vida en la cópula, lo mismo el macho del mamboretá.

Todas demostraciones de que tras la reproducción, somos descartados.

El veganismo es una filosofía. Y es una filosofía que se basa en la antropomorfización del resto de las especies. Su premisa de que todos somos iguales y por lo tanto no es éticamente válido servirse de una especie distinta para nuestro provecho, no se aplica en la naturaleza. En la naturaleza no hay convivencia sin provecho excepto en el caso de que dos especies no compitan por los mismos recursos.

Y obviamente, si saliéramos de la relación simbiótica que mantenemos ahora, pasaríamos a la situación competitiva.

Buena parte de los animales con los que hoy compartimos el mundo, competirían con nosotros por recursos que hoy tienen asegurados de la mano del hombre. Pasturas, raciones, cobijo.

Y serían exterminados en esa competencia porque así se maneja la naturaleza. El más apto sobrevive, el no tan apto termina extinguiéndose.

¿Alguien se imagina que pasaría con millones de vacas sueltas en los campos de las que no pudiera extraerse provecho alguno y que a su vez se coman los cultivos porque no tendrían más remedio que comérselos para sobrevivir?

Salta a la vista que serían exterminadas y no habría política de protección posible que lo impidiera por más que cada vegano quisiera llevarse media docena para su jardín.

Otro tanto ocurriría con las cabras, las ovejas y los cerdos.

Los veganos gozan de una elevada ética pero adolecen de una idealización, cuando no directa ignorancia, de los mecanismos de la naturaleza. Su filosofía está comprendida en la falacia naturalista y es doblemente falaz ya que no reconocen que la naturaleza como tal es cruel, competitiva y no conoce la piedad.

La naturaleza es altamente especista.

Tag(s) : #veganismo, #Tendencias del siglo XXI

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