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Estamos en presencia de pensamiento mágico cuando el análisis de una porción cualquiera de la realidad no tiene en cuenta la evidencia constatable ni puede ser sometida con éxito a la Navaja de Ockham. Es decir cuando multiplicamos las causas innecesariamente evitando simplemente la explicación más sencilla para un hecho.
Cuando desconfiamos de lo evidente y lo sustituimos por explicaciones de calidad dudosa partiendo de la premisa de que la realidad no puede ser sencilla y se mueve en respuesta a intereses ocultos y a intenciones no manifiestas.

La desaparición del avión malasio por ejemplo, ha suscitado múltiples y complejas explicaciones basadas en supuestas conspiraciones, cuando hay seguramente una explicación mucho más sencilla de cualquiera de las que imaginamos.

En el campo del análisis de los hechos políticos la izquierda parece haber quedado prisionera de una visión mágica de la realidad, en la cual la explicación más transparente no es más que la apariencia para ocultar una verdad mucho menos evidente.

De alguna manera, los izquierdistas estamos interpretando al mundo como si este estuviera manejado por el Satánico Doctor No y fuerzas subrepticias conspiraran siempre para manejar la realidad de acuerdo con los intereses de alguien que busca un beneficio económico.

Ciertamente, esta visión del mundo algunas veces coincide con la realidad. Con frecuencia se dan hechos catastróficos que no tienen detrás otra razón que la avaricia. Pero no podemos quedar prisioneros de esa visión y presumir siempre que la realidad es una madeja de enredados hilos que desconocemos y que jamás podremos conocer como no sea a través de algún blog de iluminados que han comprendido la trama final del universo.

Si dos mil estudios científicos dicen que los transgénicos son inofensivos para la salud humana, y no hay uno sólo que diga lo contrario, buena parte de la izquierda saldrá a dudar de la calidad de los ensayos, afirmará que el resultado de estos responde al interés de quien los financió y afirmará que los científicos directamente están en venta.

Si un solo científico sostiene una tesis que discrepa con el consenso, irán a él como moscas a la miel y sostendrán que también a Galileo le dijeron que estaba equivocado.

Ideologizamos en demasía la realidad. Y en esa ideologización, nos volvemos reaccionarios.

Y las consecuencias que se derivan de esta desconfianza total respecto al sistema, son perversas hasta lo inimaginable.

Stalin oportunamente ideologizó la genética. Afirmó sin miramientos que la política estaba por encima de la teoría y apoyó la genética errónea y errática de Liyenko . Una muestra de libro de lo que es el pensamiento mágico cuando gana la partida. Por supuesto que al poner la política por sobre la ciencia, un buen número de científicos pasaron a ser traidores y fueron asesinados. Y no poco tuvo que ver con las hambrunas de 1932-1933 que mataron entre cinco y once millones de personas.

El Manifiesto Comunista comienza con la frase “un fantasma recorre Europa” y esa tan gótica forma de expresar una idea elegida por Marx marcaría en apariencia el pensamiento de la izquierda en el futuro.

Creemos en fantasmas.

Y la creencia en fantasmas no nos sale barata. Durante décadas organismos de derechos humanos denunciaron una y otra vez las crueldades y las restricciones a la libertad individual al otro lado del muro, en tanto nosotros los de izquierda sosteníamos seriamente, que el Muro de Berlín había sido construido para evitar que los alemanes del oeste entraran al paraíso comunista. El número de víctimas de nuestra necedad, aún no se ha podido especificar.

Creer que toda afirmación adversa a nuestra concepción de un hecho se fundamenta en la actividad del capitalismo o del imperialismo, del sionismo, de los masones o los illuminatti o cualquier otro grupo u organización a la que se nos ocurra responsabilizar de distorsionar la realidad, es pensamiento mágico del más puro. Negar la evidencia porque no se atiene a las fuentes de nuestras certezas, puede transformarse a la larga, en el motor de crímenes contra la humanidad.

Que la religión es el opio de los pueblos, fue una afirmación absolutamente válida en su época.

Que la religión es un invento para que los pobres no maten a los ricos, posiblemente también lo haya sido.

Pero hoy en el siglo XXI, los parámetros para considerar un hecho como religioso han cambiado absolutamente y hemos devenido en presos de religiones laicas.

La desconfianza de todo producto capitalista, sea de carácter científico, tecnológico e incluso ideológico, se está convirtiendo en un paradigma. Y sin embargo el hecho de que un producto haya sido elaborado, descubierto o desarrollado con el fin de obtener una ventaja material, no lo invalida en absoluto. Pensar lo contrario nos lleva a la pura conspiranoia.

Nos lleva a considerar que las vacunas se elaboran para enfermar a la gente a los efectos de que las farmacéuticas ganen y que en definitiva la vacunación es un invento del capitalismo, es otro ejemplo clásico de pensamiento mágico al que la izquierda hace eco cada vez más frecuencia.

Y lo interesante es que la evidencia de los beneficios de la vacunación está en nuestra propia existencia. Yo tuve sarampión y fue bastante grave. Cuando era niño, no era raro que un banco de la escuela quedara libre por todo el año lectivo debido a la muerte de un niño víctima de una enfermedad infantil. Mis hijos no supieron siquiera que era el sarampión. Ni la tos convulsa, ni la polio.

Sin embargo cada vez más gente de izquierda opta por no vacunar a sus hijos y se hace eco del discurso anti vacunas cuya base fundamental es “ningún producto del capitalismo puede ser bueno”

La evidencia está siendo cada vez menos importante para el pensamiento de la izquierda y nuestros intelectuales parecen ser demasiado cobardes para denunciar esta renuncia.

Jeques y emires musulmanes están diciendo directamente que quieren islamizar occidente.

No es que lo oculten precisamente. No es que el hecho de decapitar cristianos o yazidíes sea un invento de la CIA o el sionismo.

Sin embargo la izquierda ha elegido idealizar al Islam por oposición con Occidente. Nuestra peculiar forma de suicidio es simplemente negar los hechos o ignorarlos y aferrarnos a la idea de que somos los malos en una película que ya vimos hasta el hastío. Y cuando aparece la imagen de una nena de cinco años decapitada por islámicos, decir “a estos los armó la CIA o el Mossad” y cargar esas muertes a nuestra propia cuenta.

Cuando Hamas dice “hay que exterminar a los judíos donde quiera que estén” o “que su estrategia con los escudos humanos es un éxito” preferimos ignorarle. Cuando tras la publicación de las caricaturas de Mahoma se quemaron embajadas, preferimos atribuir la violencia a sectores marginales. Nuestra ceguera va a terminar destruyendo la libertad, la izquierda y la ciencia.

Cualquiera que cite a Wikileaks o a Snowden pasa a hacerse dueño de la razón. El hecho de que ellos hayan tenido oportunamente el valor de revelar aspectos secretos de la realidad, parece haberles conferido el derecho a no incurrir jamás en el error o a ser para siempre desinteresados. Y sin embargo Snowden está refugiado en Rusia, un país que no se ha podido despojar de su vestimenta totalitaria, en el que son perseguidos quienes tengan opciones sexuales minoritarias y en el que la iglesia es protegida por el estado de la amenaza de la blasfemia. ¿Hasta dónde sus nuevas afirmaciones no se corresponden con el interés de quien le da refugio?

Sólo la libertad da garantías amigos de izquierda.

Sólo la libre expresión del pensamiento, la repetitividad de los experimentos, la posibilidad de oponerse al dogma y la confianza en la honestidad intelectual de las afirmaciones basadas en evidencias, nos permiten hacer pie en un mundo que nos necesita.

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